28 nov. 2016

Suposiciones


Con la cabeza apoyada en ese asiento trasero del taxi, a la izquierda, observo los coches pasar. Iluminan la negrura del asfalto desnudo a estas horas tardías con sus luces rojas y sus intermitentes y a veces veo la cara de un extraño tras otro cristal. Un peso extraño se ha instalado en mí según he subido y me sumerjo en mi silencio, procurando echar de aquí ese gramo, ese kilo, esa tonelada. Y quizás la mejor manera sea desabrochar el cinturón de seguridad y abrir la puerta del taxi, ahora que vamos deprisa, y arrojarme a la carretera. Me veo y me imagino rodando mientras el coche se aleja y la gente dentro grita. Vaya escena. Ruedo y duele y entonces me atropella alguien y dejo a todo el mundo un trauma para siempre pero al menos yo no tendré más.

Es un día normal. No ha pasado nada grave, no ha pasado nada raro, incluso me atrevería a tildar el día de feliz. No sé, me he reído unas cuantas veces, no ha habido sobresaltos, no hay preocupaciones para hoy ni para mañana ni para dentro de mucho tiempo, tampoco me siento mal. Me siento bien, de hecho. He decidido ir andando hasta casa porque hace buen día, aunque pese un poco la mochila. Estoy a mitad de ese puente que pasa sobre la autopista, ese puente que ya me conozco demasiado, cuando me da por echar un vistazo hacia esos carteles iluminados y a los coches que vienen o vuelven o van. Podría saltar. Podría subirme a la valla y saltar. Nadie tendría tiempo para pararme, siquiera hay gente a este lado, y caería contra el asfalto. Ya con eso bastaría, pero los coches acelerados no esperarían ver un cuerpo cayendo frente a sí y pasarían uno tras otro. Quizás ni pararían, no se puede parar en autopista, creo.

He quedado con alguien esta tarde y tengo que coger el metro. Como siempre, voy con prisas, y al llegar a la estación procuro ponerme cerca de la pared. Me da miedo que pueda tropezar y caer a las vías, o que algún loco me empuje cuando pase el tren. No quiero que nadie me mate, pero a veces me pregunto si quiero morir y por eso la idea de ser yo quien se empuje cuando pase el tren es incluso tentadora. No sé por qué, se supone que soy feliz, no ha pasado nada en las últimas semanas, he quedado con alguien y me hace ilusión, pero la idea tienta, agrede, surge como hiedra en mis sesos, se enrosca, me brota por la nariz y los ojos y los oídos y la boca y desciende y se retuerce en mi cintura, me aprieta en el pecho, el pulso se acelera cuando respiro quizás con un poco más de fuerza y cuando siento la hiedra en los tobillos, que están preparados para hacerlo, para saltar. Ahí viene, corre, hazlo. Corre, corre. No te resistas a este cosquilleo.

Pero no abro la puerta, ni salto a la autopista, tampoco a las vías. Resisto en el taxi todo lo que bulle dentro de mí, echo el pensamiento invasivo a base de responderle con mi mejor lógica y las más firmes negativas mientras camino hacia la salvación que supone el fin del puente, la hiedra se contrae y casi* desaparece según las puertas del metro se abren. 



*Digo casi porque me da la sensación de que es una semilla que busca su momento para brotar, una semilla eterna, quizás, oculta entre los recovecos de este cerebro incomprensible. Y no sé qué pinta ya ahí, de verdad. Si soy feliz. Si se supone que soy feliz.

2 comentarios:

  1. ¿Hey hola! Me gustò mucho tu texto:3 Tiene muchas imágenes y yo imaginaba una película )? ddd Peor bueh :v
    Se supone que todos estamos felices, que las cosas están bien...
    Besos

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    Respuestas
    1. ¡Hola!
      Me alegra mucho que te gustara el texto, y sobre todo lo que dices de las imágenes, que lo vieras como una película. Era parte de la intención, hacerlo visual, palpable de alguna manera ^^
      Y bueno, la vida es complicada a veces. Qué se le va a hacer. Desde luego, hay que intentar ser feliz y que las cosas vayan bien, aunque surjan dudas de cuando en cuando.
      Muchas gracias por tu comentario, Ariadna, y por leer.
      ¡Un saludo!

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