3 mar. 2017

Amapolas


El borrón del espejo se ha vuelto claro tras limpiar el vaho cientos de veces y pringarlo con las amapolas. Han surgido en mis brazos, raíces y tallos rojos bajo la dermis.

Me descubro llena de rocas afiladas, el mar chocando contra mis huesos desde antes de nacer, mi pecho apenas un esternón marcado y unas pocas costillas que intentan abrazarme.

Las constelaciones y nebulosas de mis muslos se aferran al músculo para que la negrura a mi espalda no se las lleve.

Lo arrastra todo, todo. Un mundo deformado por esa gravedad que tienta como un macho cabrío entre dunas.

Hundo los dedos en los pétalos muertos de mis amapolas y acepto la mugre de los pies también en mis rodillas.

Al cerrar los puños mi esqueleto crece y resquebraja la piel, miles de estrías que retuercen los labios en una mueca. Tengo rotos los colmillos.


5 ene. 2017

Tras la cortina

Se despertó a propósito de una pesadilla. En su infancia leyó que había métodos para controlar los sueños y había intentado aprenderlos con un esfuerzo que se prolongó durante casi un año. Sólo aprendió a despertarse de las pesadillas. Se daba cuenta de que ningún monstruo era real, de que las manos deformes que se extendían por los pasillos estrechos de su subconsciente no eran más que una creación del mismo, y según se daba cuenta, decidía despertarse.
Ahora decidió darse la vuelta en la cama, arrebujarse bajo las sábanas y cerrar los ojos para dormir más, pero el sueño no estaba dispuesto a volver. La pesadilla se disolvía en su memoria mientras el brillo claro de la luna se colaba en la oscuridad del cuarto. Abrió los ojos con hastío y miró el brillo, tan sutil como siempre, tan blanquecino, la ventana con las cortinas echadas casi parecía una pantalla de cine a la que no llegaba bien la luz del proyector. De algún modo era eléctrico y aquello hizo que se diera la vuelta de nuevo para mirar a la pared, concentrándose en la oscuridad de la esquina superior izquierda de su cuarto.
Pero el brillo seguía a su espalda. Lo notaba cubriendo en parte sus hombros y el cuello, el pelo por la nuca, parte de las orejas. Lo imaginaba grisáceo en contraste con la negrura y se le erizó el vello de la espalda desde las cervicales, como si el brillo se colara bajo la manta y la sábana y recorriera su columna vertebral con la misma sutileza con la que se posaba sobre los muebles. Lo imaginó descendiendo y trató de hacer su cuerpo más pequeño, frunciendo el ceño y encogiéndose, un intento de esfera sobre la cama. Incluso sacó con cuidado una mano delante de sí, para que el brillo no llegara a tocarla, y se cubrió también la cabeza.
Dentro de la fortaleza de calor que suponía la manta sintió una seguridad similar a la de una mujer que, tras una caminata nocturna de vuelta a casa, consigue entrar en el portal de su edificio. Sin embargo, entre el portal y el piso concreto existen todavía unos metros en los que todo puede suceder, y por eso la mujer sigue escuchando que sus pasos sean sólo suyos y que los ruidos sean los rutinarios mientras llama al ascensor o sube las escaleras y mantiene las llaves en la mano.
No pudo dormirse.
Acabó por darse la vuelta y salir del abrigo de la cama. El brillo iluminó sus piernas desnudas y los pies que tocaron el suelo fresco. También iluminaron la camiseta vieja y las muñecas delicadas, esa marca negra en la uña de cuando se pilló los dedos hacía años, los pasos con los que recorrió el cuarto hasta salir y los tendones de sus tobillos tensándose y relajándose según pisaban la alfombra que cubría el pasillo hasta el baño.
Entró pero no encendió la luz, no quería deslumbrarse. Se limitó a echarse un poco de agua en la cara y no mirar demasiado su reflejo en el espejo cuando levantó la cabeza. Lo vio apenas por el rabillo del ojo según salía del baño camino al salón. No le gustaba no verse el rostro en la oscuridad, como si la nariz y los labios se hubiesen difuminado y los ojos reflejaran el brillo que se colaba, también, por ese ventanuco que había en la pared del fondo del baño.
Pasó por el salón sin mirar tampoco las cortinas que tapaban las ventanas más grandes de la casa y que de día solía apartar para que el sol iluminara la estancia y calentara la superficie blanda del único sofá. Sentía el brillo a su alrededor pero lo ignoraba cuanto podía con su sentido dominante, aunque todavía le daba la sensación de que acariciaba sus vértebras. El vello se erizó de nuevo.
Por fin en la cocina, se guió por pasos y movimientos mecánicos para sacar un vaso de un armarito y llenarlo con un agua que bebió despacio, notando su frescura bajar hasta el estómago vacío. Si tenía hambre es que amanecería pronto. Aquel pensamiento consiguió que dejara el vaso en la pila con algo de confianza y que caminara a su cuarto sin más, sin preocuparse de mirar o no mirar nada.
Cuando llegó, se decidió a echar un vistazo al exterior, para comprobar si la teoría era cierta. Además tampoco tenía demasiado sueño y, si el sol estaba saliendo ya, quizás acercaría la silla del escritorio a la ventana, apartaría la cortina y se quedaría observando cómo el cielo cambiaba de color lentamente. Hacía años que no veía el amanecer.
Dirigió sus pasos a la ventana y observó su mano volviéndose pálida bajo el brillo según la acercaba a la cortina, pero entonces, cuando las yemas tocaron la tela, notó algo extraño. El brillo estaba formado por unas franjas más oscuras que otras. Había, de alguna manera, blanco y gris y gris blanquecino y blanco grisáceo. Alejó la mano y al bajarla fue engullida por una oscuridad que no concordaba, como si hubiera una sombra frente al brillo o como si la luz... como si la luz no viniera del único foco que supone la luna.
Le tembló la muñeca un instante según miró hacia su camiseta. También había gris y blanco y parecía que, sobre el dibujo raído, se formaba otro de símbolos. Intuitivamente se llevó la mano al pecho mientras se alejaba medio paso y vio los símbolos difuminados adaptarse a sus nudillos y a la uña ennegrecida.
Levantó la vista a la ventana y sintió sus ojos absorber el brillo, su mano moviéndose hacia la cortina con pulso acelerado que hacía palpitar las yemas de los dedos. Agarró la tela suave sin mucha firmeza y la echó a un lado para mirar a través del cristal.
No amanecía al otro lado. La luna tampoco estaba, pero no había nubes para cubrirla ni se trataba de que esa noche hubiera luna nueva. Al otro lado de la ventana sólo había negrura y el brillo de unas letras que decían: "El día de hoy ha sido cancelado. Vuelva a la cama".



28 nov. 2016

Suposiciones


Con la cabeza apoyada en ese asiento trasero del taxi, a la izquierda, observo los coches pasar. Iluminan la negrura del asfalto desnudo a estas horas tardías con sus luces rojas y sus intermitentes y a veces veo la cara de un extraño tras otro cristal. Un peso extraño se ha instalado en mí según he subido y me sumerjo en mi silencio, procurando echar de aquí ese gramo, ese kilo, esa tonelada. Y quizás la mejor manera sea desabrochar el cinturón de seguridad y abrir la puerta del taxi, ahora que vamos deprisa, y arrojarme a la carretera. Me veo y me imagino rodando mientras el coche se aleja y la gente dentro grita. Vaya escena. Ruedo y duele y entonces me atropella alguien y dejo a todo el mundo un trauma para siempre pero al menos yo no tendré más.

Es un día normal. No ha pasado nada grave, no ha pasado nada raro, incluso me atrevería a tildar el día de feliz. No sé, me he reído unas cuantas veces, no ha habido sobresaltos, no hay preocupaciones para hoy ni para mañana ni para dentro de mucho tiempo, tampoco me siento mal. Me siento bien, de hecho. He decidido ir andando hasta casa porque hace buen día, aunque pese un poco la mochila. Estoy a mitad de ese puente que pasa sobre la autopista, ese puente que ya me conozco demasiado, cuando me da por echar un vistazo hacia esos carteles iluminados y a los coches que vienen o vuelven o van. Podría saltar. Podría subirme a la valla y saltar. Nadie tendría tiempo para pararme, siquiera hay gente a este lado, y caería contra el asfalto. Ya con eso bastaría, pero los coches acelerados no esperarían ver un cuerpo cayendo frente a sí y pasarían uno tras otro. Quizás ni pararían, no se puede parar en autopista, creo.

He quedado con alguien esta tarde y tengo que coger el metro. Como siempre, voy con prisas, y al llegar a la estación procuro ponerme cerca de la pared. Me da miedo que pueda tropezar y caer a las vías, o que algún loco me empuje cuando pase el tren. No quiero que nadie me mate, pero a veces me pregunto si quiero morir y por eso la idea de ser yo quien se empuje cuando pase el tren es incluso tentadora. No sé por qué, se supone que soy feliz, no ha pasado nada en las últimas semanas, he quedado con alguien y me hace ilusión, pero la idea tienta, agrede, surge como hiedra en mis sesos, se enrosca, me brota por la nariz y los ojos y los oídos y la boca y desciende y se retuerce en mi cintura, me aprieta en el pecho, el pulso se acelera cuando respiro quizás con un poco más de fuerza y cuando siento la hiedra en los tobillos, que están preparados para hacerlo, para saltar. Ahí viene, corre, hazlo. Corre, corre. No te resistas a este cosquilleo.

Pero no abro la puerta, ni salto a la autopista, tampoco a las vías. Resisto en el taxi todo lo que bulle dentro de mí, echo el pensamiento invasivo a base de responderle con mi mejor lógica y las más firmes negativas mientras camino hacia la salvación que supone el fin del puente, la hiedra se contrae y casi* desaparece según las puertas del metro se abren. 



*Digo casi porque me da la sensación de que es una semilla que busca su momento para brotar, una semilla eterna, quizás, oculta entre los recovecos de este cerebro incomprensible. Y no sé qué pinta ya ahí, de verdad. Si soy feliz. Si se supone que soy feliz.